
Hace unos días bajé la persiana para, como sugirió
el Gemalo, dormir un rato la siesta. En esa siesta logré resolver algunos temas, ahora quiero seguir resolviendo otros. Inspirado por algunos lectores se me ha hecho imperioso preguntarme por las raíces del antiacademicismo imperante. Voy a dividir la dificultad en varios problemas:
1) ¿Qué es un académico o su otra máscara, el intelectual?
2) ¿Quiénes se muestran como antiacadémicos?
3) ¿De dónde viene ese antiacademicismo? ¿Con qué finalidad lo expresan?
1. El término tiene un legado filosófico, pero se suele considerar académico a quien vive principalmente de sus ingresos sostenidos por una institución que le paga por acrecentar sus conocimientos y difundirlos. El intelectual suele tener cierta libertad con respecto a las instituciones, pero esa libertad rápidamente fue absorbida por los medios de comunicación que lo hicieron su esclavo.
2. Hoy en día, los académicos parecen tener prestigio en círculos bastante estrechos. Los especialistas de las humanidades tienen como un aura desgastada de prestigio que día a día se va reduciendo cada vez más, el respeto que poseen parece ser el que se le otorga a un heredero sólo por lo méritos de sus antepasados. Los especialistas de las "ciencias duras" suelen escudarse bajo la rúbrica de "científicos", lo que les da un prestigio indiscutible, sin importar si su labor está destinada a armas nucleares o a estudiar las reacciones de un caracol en una olla de agua hirviente. En antiacadémicos podemos incluir un gran grupo de personas, hasta podría decir la gran mayoría, desde el que considera tonto al que estudia, hasta quienes desprecian las humanidades por considerarlas saberes obtusos, o los mismos medios de comunicación que estimulan valores vacuos como la apariencia y la fama o las agrupaciones políticas que los miden con una vara del compromiso moral que si Marx o cualquier otro la tuviera en sus manos la usaría para dejarles las nalgas al rojo como la bandera de la Unión Soviética.
3. Este es el punto más interesante, ¿por qué y para qué hay antiacadémicos? Creo que hay varias razones de peso para ser antiacadémico, sólo que quizás se asienten sobre presupuestos que si no son falsos son por lo menos cuestionables:
- el académico es un hombre que tiene conocimiento y poder,
- el académico en tanto que asalariado por alguna institución tiene que darle ganancias sociales o económicas a la misma,
- el académico es un ser pedante porque tiene conocimiento y poder,
- el académico tiene el poder de cambiar las cosas, porque tiene el conocimiento, pero no lo hace por comodidad y por asociarse a la clase opresora que se beneficia de la desigualdad,
- el académico tiene que buscar la verdad, pero una verdad que le guste a la gente, no LA verdad, la verdad si no gusta pierde status moral (esto explica el éxito rotundo de los demagogos),
- el académico en su rol de elegido para el panteón del conocimiento no solo tiene que transformar a la sociedad conformando a Dios y al Diablo en cada una de sus acciones, sino que debe tener una voluntad santa y una infalibilidad que los mismos dioses le envidiarían.
En los discursos de los antiacadémicos suelen sobresalir estos supuestos, y que en realidad no son más que facetas de una errónea idea: la superioridad del académico por sobre el resto de los mortales. Ante el inmenso avance del conocimiento hoy por hoy, el académico cumple el rol de un empleado que como un jardinero, se encarga de cultivar su parcelita temática, intenta que la misma sobreviva al tiempo y que sea admirada por los otros. En otras palabras, los académicos no están cumpliendo otro rol que el de una suerte de tenedores de saberes que se ven amenazados con el olvido. Bibliotecarios del otro lado del Leteo, no más que eso.
Ahora bien, eso sería la respuesta a la causa, nos resta la de la finalidad. Creo que la finalidad, pese a que no coincido con los modos, es loable: modificar esa situación. Pero la única forma de modificarla es con unión y no con división. Muchos académicos deben abandonar su pedantería y reconocer la inmensidad de lo que no saben y muchos antiacadémicos tienen que abandonar ese falso prejuicio que los distancia ontológicamente del académico. Recién ahí se podrá hablar de cambio, un cambio humano, ni académico ni antiacadémico.