
"Ser adulto es resolver dos temas:
la relación con las mujeres y
la estabilidad económica".
Parafraseando a Walter L. Doti,
ex filósofo, ex gurkha intelectual,
hoy autodefinido "usina de ideas". Mientras recibo improperios de una despechada me decido a modo de corolario de un martes funesto escribir como un modo de liberación en tanto que enajenación de lo propio, mi mundo. En estos días en los que estoy a punto de ejercer un viaje que cambiará mi cosmovisión absolutamente, la misma se resiste evocando recuerdos que creía perdidos para siempre. Uno de ellos es el que paso a relatarles.
Nunca pude separar la parte mnemónica de la onírica, la situación es la siguiente: yo tengo alrededor de tres años y estoy a upa de mi madre. Todo es oscuro, no veo la cara de mi progenitora pero sí siento su corazón. También adivino la presencia de mi padre por un intercambio de palabras. Estamos en una estación de trenes, esto sí no sé cómo lo conozco pero sé que es así. Esperamos para ir a Buenos Aires, no sé si desde La Plata o Mar del Plata, pero al cabo no importa demasiado. Muchos años después del hecho lo consulto: "ma, ¿alguna vez fuimos a Buenos Aires?", "Sí, pero eras muy chico, no creo que te acuerdes". La inexistencia de mi hermana comprueba la edad presupuesta, ahora bien, ¿es posible que recuerde ese hecho? En caso de que así fuese sería el hecho pretérito más anterior que mi mente pueda representarse de un modo absolutamente consciente. Hoy me estoy por ir y ese recuerdo vuelve a mí y pese a que veo todos los objetos la noche oscura me sigue abrazando pero esta vez no está cerca el latido de mamá.
* * *
Es cuestión de crecer, pero si tomamos como piedra de toque la brillante definición de mi amigo Walt ¿quién puede afirmar, sin mentir, que es adulto? Creo que muy pocos. También creo que la definición es acertada porque quien puede resolver esas cuestiones puede ocuparse de los más elevados tópicos del ser humano, puede trascender. Hoy por hoy impera una fuerte sobrevaloración de lo juvenil, que nos estanca. Por momentos, busco trascender con todas mis fuerzas pero los dos lastres irresueltos (las mujeres y mi economía) me desgarran las facultades del pensamiento y la sensibilidad a tal punto que me siento quebrar. Ya no soy un niño, ni quiero seguir siéndolo, pero recién hoy lo siento patente. Antes me sentía como un invitado a la mesa de los grandes. Hoy soy yo el que tiene que empezar a invitar*.
* Estoy tirado en el piso haciendo berrinche porque Firefox,
no sé por qué se empecina en cambiarme la configuración
del teclado y para escribir los acentos tengo que cumplir
con el equivalente a los doce trabajos de Hércules.
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